lunes, 14 de septiembre de 2015

Leyendo a Aristóteles (Libro III - Política)



A pesar de los pocos conceptos económicos que surgen de la lectura del Libro III de «Política», intentaré exponer por lo menos unos pocos conceptos. Como siempre, aclaro que todas las citas excepto las especificadas, se encuentran en el texto al que puede accederse aquí.

Aristóteles se pregunta qué es en definitiva el Estado, al que, ya ha aclarado varias veces, considera una asociación de familias o pueblos; y por otro lado se pregunta quién es y puede ser considerado un ciudadano. Llega a la conclusión de que es ciudadano el que «goce de las funciones de juez y de magistrado», y que el Estado es una «masa de hombres de este género».

Se pregunta entonces sobre la justicia y la injusticia, en concreto: «¿tal acto ha emanado del Estado o no ha emanado?». Aristóteles se encarga de decir que la justica de un acto, según su visión, es del Estado y no importa de qué forma haya sido éste. Es decir, no es posible calificar un acto como injusto y no cumplir los compromisos porque una oligarquía o una tiranía lo hayan establecido previamente a una estructura democrática. Con esto separa la existencia abstracta del Estado con respecto a su organización interior, que veremos a continuación. También se encarga el filósofo de diferenciar al Estado como un ente atemporal , mientras que los hombres que lo ocupan cambian con el tiempo, de la misma forma que su metáfora con el río, al cual se califica por el mismo nombre a pesar de que el agua que lo compone y fluye en él nunca es la misma. 

A continuación intenta diferenciar entre la virtud del individuo privado y la virtud del ciudadano, llegando a la conclusión de que en la perfección ambas son lo mismo. Pero ¿qué hombre podría tener tal virtud como para abarcar ambos criterios? Según Aristóteles, «el magistrado digno del cargo que ejerce, y que es (...) virtuoso y hábil».

Aristóteles parece percatarse de la dualidad y relación que existe entre la vida individual y la social. Explica así que el hombre «desea invenciblemente la vida social. Esto no impide, que cada uno de ellos la busque movido por su utilidad particular y por el deseo de encontrar en ella la parte individual de bienestar que pueda corresponderle. Este es ciertamente el fin de todos en general y de cada uno en particular». Se puede argumentar entonces que para Aristóteles el bien común era el bien de cada individuo particular, lo que deja en claro también luego: «la asociación política tiene por fin, la virtud y la felicidad de los individuos.».

Más adelante comienza su clasificación sobre los tipos de gobierno. En primer lugar, destaca que la constitución es pura solamente cuando aquel/aquellos que gobiernan consultan el interés general en lugar del particular. «Así, distingue entre la monarquía, la aristocracia, y la democracia, y establece sus respectivas desviaciones: la tiranía que lo es del reinado; la oligarquía que lo es de la aristocracia; la demagogia que lo es de la república. La tiranía es una monarquía que sólo tiene por fin el interés personal del monarca; la oligarquía tiene en cuenta tan sólo el interés particular de los ricos; la demagogia, el de los pobres. » Y deja en claro que «ninguno de estos gobiernos piensa en el interés general. »

Aristóteles cuestiona entonces los diferentes abusos de autoridad de estas distintas clases de gobierno o sus desviaciones, entre lo que cabe destacar los abusos de la democracia en materia de confiscación de bienes, lo que deja más que claro: «¡Qué!, ¿los pobres, porque están en mayoría, podrán repartirse los bienes de los ricos; y esto no será una injusticia, porque el soberano de derecho propio haya decidido que no lo es? ¡Horrible iniquidad!», a lo que agrega de forma contundente, «Este pretendido derecho no puede ser ciertamente otra cosa que una patente injusticia.».

Aún así, Aristóteles manifiesta su relativa simpatía con la democracia, que según él, a pesar de no resolver todos los problemas, era una solución equitativa y verdadera. 

Su concepción sobre el colectivismo me resulta bastante peculiar. Para Aristóteles, las masas se mueven como si fueran «un solo hombre», de forma que si bien uno solo no pueda determinar lo justo y lo injusto, es muy difícil, según Aristóteles, que las masas cometan los mismos errores, como si la opinión de las masas fueran una especie de promedio virtuoso. Así, aclara: «Cuando están reunidos, la masa percibe las cosas con suficiente inteligencia.» y que «los individuos tomados aisladamente son incapaces de formar verdaderos juicios.». 


Aquí comenta una metáfora que llama la atención y que sea probablemente lo más interesante del Libro III. Y es que según Aristóteles, «el artista no es el único ni el mejor juez en muchas cosas y en todos aquellos casos en que se puede conocer muy bien su obra sin poseer su arte. El mérito de una casa, por ejemplo, puede ser estimado por el que la ha construido, pero mejor lo apreciará todavía el que la habita; esto es, el jefe de familia. De igual modo el timonel de un buque conocerá mejor el mérito de los timones que el carpintero que los hace; y el convidado, no el cocinero, será el mejor juez de un festín». Lo extraño de este brillante argumento es que no deriva su esencial conclusión, quizá porque no tenga demasiado que ver en el contexto, quizá por distracción, imposible saberlo. No queda claro si Aristóteles es consciente de lo que aquí menciona, pero para cualquier economista actual que lea el párrafo la conclusión salta a la vista: el consumidor es el que aprecia, conoce, determina el mérito, y juzga (todas palabras de Aristóteles) el bien producido, y solamente ese consumidor final es el que se encuentra en las condiciones adecuadas para valorar estos bienes, i.e., esta no es y no puede ser una capacidad del productor en su rol de tal. Aristóteles se desvía de esta natural conclusión, tratando de explicar cómo determinar la justica a nivel social; y así como esos bienes, cuya metáfora toma Aristóteles, lo mismo ocurre con la justicia, de forma «que no debe dejarse a la multitud (...) el derecho de elegir los magistrados», sino que deben ser los hombres sabios aquellos que se encarguen de la tarea de juzgar.


Más adelante, Aristóteles vuelve a dejar en claro cuál es el fin de la política según su opinión: la justicia. Una de sus conclusiones que destacan es que «no hay completa justicia (...) [cuando] reclama cada cual el poder para sí y la servidumbre para los demás.». Pero entonces, según el griego ¿quién estaría en condiciones de gobernar? Solo aquellos que sean tan superiores en mérito y en reconocimiento que rebajarlos a la igualdad del resto sea la verdadera injusticia. Y dice Aristóteles que la ley no se ha hecho para ellos, sino que ellos mismos son la ley.

Luego, en los últimos Capítulos, trata sobre el reinado, a los que clasifica en 5: «uno, (...) libremente consentido, pero limitado a las funciones de general, de juez y de pontífice; el segundo, (...) despótico y hereditario por ministerio de la ley; el tercero, (...) que es una tiranía electiva; el cuarto, (...) que, propiamente hablando, no es más que un generalato perpetuamente (...). Hay un quinto reinado, en el que un solo jefe dispone de todo (...)». Desestima Aristóteles a todo tipo de monarquía. Una de las razones que otorga es su contradicción interna: como el rey no puede saberlo todo, debe delegar el poder, pero entonces, «¿no es más conveniente establecer esta repartición del poder desde el principio que dejarlo a la voluntad de un solo individuo?». Evidentemente. Además, enfatiza lo peligroso que es asignar la carga de la justicia sobre un solo hombre, «pedir la soberanía para un rey es hacer soberanos al hombre y a la bestia; porque los atractivos del instinto y las pasiones del corazón corrompen a los hombres cuando están en el poder, hasta a los mejores; la ley, por el contrario, es la inteligencia sin las ciegas pasiones.».

Casi ninguna conclusión puramente económica pudo desarrollarse aquí en el Libro III, al contrario de los dos Libros anteriores, pero sin dudas será interesante para el científico político.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Leyendo a Aristóteles (Libro II - Política)



El Libro II [1] de «Política» de Aristóteles, tiene nueve capítulos, entre los cuales se dedica mayoritariamente a analizar las constituciones de las ciudades-estado de su Grecia contemporánea, y a criticar a Platón y Sócrates. Sin embargo, dejaré de lado lo estrictamente político para enfocarme en lo poco, aunque muy interesante, de economía que resalta entre líneas. Aclaro nuevamente, que dado que utilizo múltiples citas, todas con excepción de las aclaradas, se derivan del texto que puede leerse aquí.

Aristóteles comienza en el Capítulo I explicando el propósito de su estudio: «indagar cual es entre todas las asociaciones políticas la que deberán preferir los hombres».  En esa línea, el pensador griego resalta tres posibilidades excluyentes, «que la comunidad política debe necesariamente abrazarlo todo, o no abrazar nada, o comprender ciertos objetos con la exclusión de otros». Aristóteles, lamentablemente, descarta la segunda porque según él es «evidentemente imposible». Recordemos que para Aristóteles el Estado es una asociación de pueblos o familias, que cumple con los roles básicos que se adjudicaron también los Estados modernos: el orden social (la justicia) y la defensa.

Las críticas que hace sobre Platón deberían resultar más que aleccionadoras. Platón entiende que todo debe ser socializado, y cuando digo todo, lo digo literalmente: para Platón, no solo los bienes, sino también los hijos y las mujeres deben ser comunales. En su crítica a Platón comienza diciendo que «(...) lo que se nos presenta como el bien supremo del Estado es su ruina», y continúa: «(...) esta aspiración exagerada a la unidad del Estado no tiene nada de ventajosa.». Entre otros inconvenientes destaca uno en particular: el «poco interés que se tiene por la propiedad común, porque cada uno piensa en sus intereses privados y se cuida poco de los públicos, sino es en cuanto le toca personalmente, pues en todos los demás descansa de buen grado en los cuidados que otros se toman por ellos». El claro razonamiento de Aristóteles es el desincentivo que genera la propiedad común. En efecto, como los hijos del sistema platónico serían comunes, no habría consciencia a ciencia cierta sobre los lazos que existen entre padres e hijos, o hermanos y hermanos, y así es claro que en esta sociedad habría ultrajes, asesinatos, altercados e injurias, porque «han de ser mucho más frecuentes necesariamente entre gentes que ignoran los lazos que los unen».
 
Las críticas continúan en el Capítulo II. Si hay un Capítulo para leer de este Libro II, así como en el Libro I era el Capítulo III, aquí es el Capítulo II. 

Aristóteles se plantea cual debería ser la mejor constitución posible, y con ello, «la organización de la propiedad, y si debe admitirse o desecharse la comunidad de bienes». Se pregunta si los bienes comunales (la propiedad colectiva) debe extenderse a la tierra o solo a lo que de ella deriva. Sin embargo, Aristóteles se percata del problema que genera la distribución forzosa de bienes. En efecto, dice que «No estando igualmente repartidos el trabajo y el goce, necesariamente se suscitarán reclamaciones contra los que gozan y reciben mucho, trabajando poco, de parte de los que reciban poco y trabajen mucho.». No obstante, Aristóteles no se identifica con ninguno de los dos extremos, sino por un intermedio, donde algunos bienes son de propiedad común, y otros de propiedad privada; y en una maravillosa interpretación, alega que las explotaciones «no darán orígenes a contiendas; prosperarán más, porque cada uno las mirará como asunto de interés personal». Su concepción de la propiedad privada es tal, por lo menos aquí, que expresa con mucha claridad que es «evidentemente preferible que la propiedad sea particular, y que solo mediante el uso se haga común.»

Pero eso no es todo, ni mucho menos lo más importante, a mi criterio. Aristóteles desarrolla aquí brevemente dos conceptos claves del Libro.

En primer lugar, expresa la naturalidad que hay en el amor a sí mismo y de la propiedad que uno posee, lo que distingue claramente del egoísmo como dos cosas separadas. En concreto, dice que «es poco cuanto se diga de los gratos que son la idea y el sentimiento de la propiedad. El amor propio que todos poseemos, no es un sentimiento reprensible; es un sentimiento completamente natural, lo cual no impide que se combata con razón el egoísmo, que no es ya este mismo sentimiento, sino un exceso culpable.» Lo mismo expresa sobre el aprecio al dinero, y la avaricia, también como dos cosas separadas. 

En segundo lugar, expresa que la solidaridad y la generosidad son virtudes del ser humano, pero claro, también entiende lo que esto implica; y es que es imposible ejercer esta virtud sin la existencia de propiedad privada. Así sostiene que «Hay en el hombre dos grandes móviles de solicitud y de amor, que son la propiedad y la afección»; también que «es un verdadero encanto el favorecer y socorrer a los amigos, a los huéspedes, a los compañeros, y esta satisfacción sólo nos la puede proporcionar la propiedad individual.»; que la propiedad comunal, o la exagerada unidad del Estado, atenta contra «la generosidad, que es imposible sin la propiedad individual, porque en semejante república [el socialismo de Platón] el ciudadano no puede mostrarse nunca liberal, ni ejercer ningún acto de generosidad, puesto que esta virtud sólo puede nacer con motivo del destino que se dé a lo que se posee».

Tan evidentes son los problemas de los bienes comunes para Aristóteles, que se plantea que los problemas que Sócrates (en la línea de Platón) dice que los demás sistemas tienen, ¡son en realidad problemas del sistema del propio Sócrates! En concreto, «en cuanto a las disensiones, pleitos y otros vicios que Sócrates echa en cara a las sociedades actuales, yo afirmo que se encontrarán todos ellos sin excepción en la suya.»[16]; y como algo evidente, se pregunta «¿no tienen los asociados y propietarios comuneros muchas más veces pleitos entre sí que los poseedores de bienes personales (...)?». Y en un último arrebato, Aristóteles ya plantea sobre la comunión de bienes, que «la existencia es con ella completamente impracticable.»

Aunque leamos en estas líneas a un Aristóteles bastante liberal, lo cierto es que según sus propias palabras, abogaba por un intermedio, lo que deja más que claro a lo largo del texto. Yo aquí resalté solamente los principios o razonamientos económicos y algunos políticos que resaltan a mi interés particular.

Ya en el Capítulo III,  Aristóteles resalta otras virtudes inherentes a la existencia de la propiedad privada, pues «no podrían referirse a ella [a la propiedad privada] la dulzura ni el valor, pero sí podrían referirse la moderación y la liberalidad, que son necesariamente las virtudes que se pueden mostrar al hacer uso de la fortuna.» Del resto del capítulo, nada atrajo mi atención que valiera la pena mencionar, por lo menos con respecto a lo económico.

Los capítulos siguientes se dedican a la crítica sobre las constituciones de diversas ciudades-estado. 

Comienza en el Capítulo IV, el último de los importantes relativos a nuestro estudio, con Faleas de Calcedonia, a quien le debemos el dudoso placer de ser el «primero que ha sentado el principio de que la igualdad de fortuna entre los ciudadanos era indispensable». 

Aristóteles hace a lo largo del texto dos distinciones. Por un lado, le parece que la desigualdad de la fortuna causa problemas, pero al mismo tiempo, que la igualdad mediante la fuerza también los provoca. En efecto, dice que «la igualdad de fortuna entre los ciudadanos sirve perfectamente, lo confieso, para prevenir las disensiones civiles; pero (...) este medio no es infalible, porque los hombres superiores se irritarán al verse reducidos a tener lo mismo que todos, y esto será con frecuencia causa de turbaciones y revueltas»; o en otro párrafo, «la multitud se rebela a causa de la desigualdad de las fortunas, y los hombres superiores se indignan con la repartición igual de los honores. Es lo que dice el poeta: "¡Qué! ¿El cobarde y el valiente han de ser igualmente estimados?»

Aristóteles no distingue cual es la política correcta, solo se limita a establecer las desventajas de esta distribución coactiva. Lo cierto es que no está de acuerdo con Faleas. En efecto, según Aristóteles,  «Faleas cree evitar por medio de la igualdad de bienes (...) de impedir que un hombre robe a otro.» (Vamos, ¿no me digan que no es bastante orwelliano el amistoso Faleas, que cree que roba para que nadie robe?). Pero Aristóteles no está de acuerdo, y ya dejó bastante claro el porqué en el Capítulo II. Pero además nos otorga otro razonamiento, y es que según Aristóteles «lo importante no es nivelar las propiedades, sino nivelar las pasiones». De hecho, para Aristóteles es claramente preferible educar a los hombres para que, «en lugar de nivelar fortunas, hacer (...) que los hombres moderados por temperamento no quieran enriquecerse, y que los malos no puedan hacerlo (...)». De forma que su solución, en lugar de ser una distribución coactiva de la riqueza, (y juntando el concepto de la educación a su explicación anterior sobre la solidaridad y generosidad), es que los hombres sean educados para ser solidarios con su propiedad, y que no quieran enriquecerse en demasía con respecto a sus conciudadanos. De hecho, y con respecto  a la solución que da Faleas (con la que Aristóteles no está de acuerdo), el filósofo se pregunta sobre los problemas que Faleas quiere resolver (el robo, el capricho del crimen, y el gozo de tal): «¿Y cuál será el remedio para estos tres males? En primer lugar, la propiedad, por más pequeña que sea (...)». Creo que la posición de Aristóteles con respecto a estos temas no podría estar más clara.

En el Capítulo V, Aristóteles trata la constitución ideada por Hipódamo de Mileto, en lo que no hay prácticamente nada para rescatar a nivel económico.

En el Capítulo VI, se dedica a la constitución de Lacedemonia (Esparta). Las críticas destacables de Aristóteles son breves. Para él, en su postura aclarada de intermedio, uno de los problemas de esta constitución es «la desproporción de las propiedades: unos poseen bienes inmensos, otros no tienen casi nada; sí que el territorio está en manos de pocos. La falta, en este caso, está en la ley misma.». Aristóteles sostiene que, literalmente, una mayor parte de las tierras las poseen unos pocos ricos, lo que debería ser de alguna forma regulado por la ley. Más adelante declara que las comidas comunales no han sido bien gestionadas, porque los gastos debería pagarlo el Estado, y no los ciudadanos (por más extrema pobreza que tengan). Esta crítica es claramente acertada, incluso desde un punto de vista actual, y es que se supone que los bienes comunales se deberían utilizarse, siguiendo la crítica, para satisfacer las necesidades de los más pobres, cuando en realidad, según esta constitución, ocurre lo contrario, pues los pobres al no poder pagar por su cuenta las comidas, no pueden acceder a ellas.

El Capítulo VII se encarga de la constitución de Creta, en donde solo cabe resaltar que tenía los mismos problemas que Esparta. 

En el Capítulo VIII, sobre la constitución de Cartago, también se observan problemas similares. Según Aristóteles, y en un breve paréntesis político, Cartago ofrece un intermedio entre la oligarquía (donde se escoge en vista de la riqueza) y la aristocracia (donde se escoge según el mérito), y su inusual paz y orden se deben, según él, al azar más que a un buen gobierno. Se puede leer un comentario particularmente extraño, y es que según Aristóteles «es un deber del legislador establecer la división de empleos, y no exigir de un mismo individuo que sea músico y haga zapatos.».

El último Capítulo lo dedica Aristóteles a hablar sobre distintos legisladores. Se destaca a Filolao de Corinto, al cual el filósofo griego trata de peculiar, por «haber ordenado que el numero de pertenencias fuera siempre inmutable»; y a Platón por la «ley de la embriaguez» (¿la ley seca griega?). Dejo por último una frase digna de encuadrar:

«Y así, el pueblo, orgulloso por haber conseguido la victoria (...) descartó de las funciones públicas a los hombres virtuosos, para poner los negocios del Estado en manos de demagogos corruptos.»


[1]. Las negritas y cursivas de los comentarios siempre son mías.

sábado, 12 de septiembre de 2015

Leyendo a Aristóteles (Libro I - Política)

Como todo el mundo, algún día habría de leer "Política" de Aristóteles, y por supuesto, arranqué por el Libro I, que consta de 5 capítulos. Aclaro que, debido a la gran cantidad de citas, con excepción de aquellas que estén aclaradas, todas las demás pueden encontrarse aquí.

Aristóteles comienza su análisis con controversia desde el primer renglón. Dice textualmente que «todo Estado es, evidentemente una asociación». Aristóteles entiende a la sociedad como diversas capas de agrupaciones, es decir, los individuos forman familias, las familias forman pueblos, y los pueblos forman Estados. Así, es entendible la concepción que tiene Aristóteles sobre el Estado como una "asociación", aunque el término en la actualidad sea un despropósito. Por tanto, según la mirada del pensador griego, el Estado es tan natural como lo es cualquier asociación, y lo deja aclarado varias veces a lo largo del texto: «Así, el Estado procede siempre de la naturaleza (...)»; «(...) el Estado es un hecho natural (...)»; «No puede ponerse en duda que el Estado está naturalmente sobre la familia y sobre cada individuo (...)».

En efecto, no solo toma Aristóteles al Estado como algo natural, sino como algo a lo que tiende la naturaleza misma del ser humano: «La naturaleza arrastra, pues, instintivamente a todos los hombres a la asociación política».

Ahora bien, ¿por qué considera Aristóteles que debe haber un Estado? Su respuesta es más que clara: «Lo que prueba claramente la necesidad natural del Estado (...) es que, si no se admitiera, resultaría que puede el individuo entonces bastarse a sí mismo, aislado así del todo como el resto de las partes». Para ser más claros, Aristóteles le agradece al primero que ha instituido la política, porque sino los hombres vivirían «sin leyes ni justicia». Así, para Aristóteles, el Estado vendría a ser algo muy parecido a los Estados modernos: el productor monopólico de las leyes. Para él, el Estado es el encargado de poner el orden social: «La justicia es una necesidad social, porque el derecho es la regla de vida para la asociación política, y la decisión de lo justo es lo que constituye el derecho».
 
En el Capítulo II comienza a analizar la esclavitud, la que identifica como la propiedad sobre el esclavo en contraposición al hombre libre. Los diferencia básicamente por su condición física o por su torpeza, asumiendo sin embargo que puede haber excepciones contrarias a la naturaleza. 

Es más extraño aún que Aristóteles plantee la relación señor-esclavo como algo útil para ambos. En efecto, concluye explícitamente que «(...) es útil al uno el servir como esclavo, y al otro el reinar como señor.» y la declara como justa de acuerdo a la naturaleza; aún así, advierte que «lo cual no impide que un abuso de esa autoridad pueda ser funesto a ambos»

De hecho dice Aristóteles que la economía doméstica para ser «completa, debe comprender esclavos y hombres libres», y entiende que la propiedad sobre el esclavo es algo tan natural como la propiedad sobre objetos u otros animales. En efecto, Aristóteles cree que la naturaleza hace al esclavo no poseedor de su propio cuerpo: «El que por la ley natural no se pertenece a sí mismo, sino que, no obstante ser hombre, pertenece a otro, es naturalmente esclavo». El error en este pensamiento nos es evidente ahora, más de dos milenios después. [1]
En lo económico, aquí surge la primera distinción importante, pues Aristóteles parece diferenciar entre lo que ahora llamaríamos bienes de consumo y bienes de capital. En efecto, dice Aristóteles que «los instrumentos propiamente dichos son instrumentos de producción; la propiedad, por el contrario, es siempre para el uso». Así, señala que hay bienes que sirven para producir otros bienes, mientras otros bienes solo sirven para hacer uso de ellos. Por supuesto, Aristóteles consideraba al esclavo como un bien de uso, en un sentido amplio.

Aristóteles señala reiteradas veces su concepción sobre la autoridad y la obediencia. Así, sostiene que hay personas que nacen para obedecer, y otras para mandar. Considera a la autoridad y obediencia no solo como algo natural, sino como algo evidentemente útil, y lo conecta con la relación padre-hijo, la relación conyugal (para Aristóteles, hay un sexo fuerte que tiene autoridad natural) y la relación maestro-esclavo.

Lo extraño es que Aristóteles era plenamente consciente de las críticas que hacían, según él, otros autores a la esclavitud. En efecto, dice que la esclavitud es un «(...) derecho que muchos legistas considerarían ilegal (...) porque es horrible, según ellos, que el más fuerte, sólo porque puede emplear la violencia, haga de su víctima un súbdito y un esclavo». Más adelante aclara también que unos se sustentan en «la benevolencia y la humanidad» y otros en «la dominación del más fuerte». La respuesta que da Aristóteles a estos planteos no parece satisfactoria. Plantea que es «evidente que los unos son naturalmente libres, y los otros naturalmente esclavos», y que «la fuerza jamás está exenta de todo mérito».

El Capítulo III es lejos el más interesante del primer Libro.

Aristóteles enuncia las formas que él denomina naturales de adquirir bienes, «sin acudir al cambio ni al comercio: nómada, agricultor, bandolero, pescador o cazador». También concluye que, en cierto modo, «la guerra misma es (...) un medio natural de adquirir», específicamente, esclavos.

En lo económico, surge aquí la segunda distinción importante, y es que sin llamarlos así, Aristóteles identifica claramente lo que ahora llamaríamos valor de cambio y valor de uso. En concreto, dice que «toda propiedad tiene dos usos que le pertenecen esencialmente, aunque no de la misma manera: el uno es especial a la cosa, el otro no lo es. Un zapato puede a la vez servir para calzar un pie o para verificar un cambio». Deja en claro, sin embargo, que para él la «venta no forma en alguna manera parte de la adquisición natural».
 
A su vez, reconoce la «necesidad del uso de la moneda», aunque entiende que la moneda se incorporó por la dificultad de transporte. Si bien puede ser en parte correcto, esto es por lo menos incompleto.[2] Aristóteles añade de forma brillante que el dinero no es riqueza por sí mismo, y se pregunta: «¿No puede suceder que un hombre, a pesar de todo su dinero, carezca de los objetos de primera necesidad?, y ¿no es un riqueza ridícula aquella cuya abundancia no impide que aquel que la posee se muera de hambre?». A pesar de este brillante concepto (que parece que no han entendido nunca los mercantilistas, y en cierta medida, los keynesianos), lo cierto es que Aristóteles no le atribuye ningún valor en concreto al dinero, es decir, para Aristóteles el dinero no tiene valor por sí mismo, sino por lo que puede accederse a él. Esto puede parecer intuitivamente correcto, pero lo cierto es que el dinero tiene valor por sí mismo: todo bien considerado escaso tiene valor, y el dinero entra dentro de la categoría de bienes escasos. No menos cierto es que, como da a entender Aristóteles, dinero no es lo mismo que riqueza.

Lo más interesante del capítulo, y a la vez triste, dado la repercusión histórica que tuvo sobre movimientos políticos pseudocientíficos (que sustentan lo que consideramos hoy partidos de izquierda), es su concepción sobre el interés, al que directamente califica como usura. Aristóteles sostiene «(...) hay fundado motivo para execrar la usura, porque es un modo de adquisición nacido del dinero mismo, al cual no se da el destino para el que fue creado. El dinero solo debía servir para el cambio (...)». Y concluye, «el interés es dinero producido por el dinero mismo, y de todas las adquisiciones es esta la más contraria a la naturaleza». El error, desde la perspectiva actual, es claro, y curiosamente tiene cierta analogía con uno de los tantos errores de Keynes. En efecto, para ambos el interés es un fenómeno monetario, cuando en realidad es un fenómeno temporal.[3]
 
Pero aún más importante es el absurdo de que el dinero "haga por sí mismo más dinero". Esto es literalmente imposible: el dinero sólo puede hacer más dinero una vez que es parte de algún intercambio, pero nunca por sí mismo. Pero como Aristóteles desatiende por completo el intercambio intertemporal, cree que el dinero se multiplica por sí mismo, en lugar de generar valor mediante el tiempo. Como bien explica un colega, Aristóteles desestima de tal forma al interés como anti-ético, que no atiende la explicación efectiva de por qué ocurre.

En el Capítulo IV, bastante breve, Aristóteles clasifica al comercio en tres ramas.

La primera, el «comercio marítimo, comercio terrestre y comercio al por menor». La segunda, « (...) el préstamo a interés, y en fin, el salario (...)». Y la tercera, «la explotación de los bosques y de las minas». Estas definiciones y clasificaciones parecen bastante arbitrarias; lo cierto es que todo comercio se presenta cuando existe intercambio voluntario, lo que abarca todas las actividades que enuncia Aristóteles.  

Luego, casi con ironía, Aristóteles nos muestra como se enriquecen los filósofos (sic). El ejemplo que da sobre Tales de Mileto es simple y efectivo: arrendaba tierras cuando la demanda de aceite era baja, y por tanto el valor de la tierra era bajo, y las subarrendaba cuando la demanda crecía, y por tanto, el valor de la tierra era alto. Este ejercicio de especulación es alabado por Aristóteles, pero a su vez, para él, requiere en cierto grado un monopolio. Lo que intenta decir con esto es lo siguiente: un individuo o asociación que posea todas las unidades de un determinado bien, puede venderlas al precio que quiera porque no tiene competencia. Por supuesto, esto no representa mayor problema desde la perspectiva teórica actual. [4]
 
El capítulo V no explica demasiado. Aristóteles se detiene aquí sencillamente a explicar la interacción social que existe entre los individuos de la sociedad, y específicamente de autoridad-obediencia, en la relación de hombre-mujer, padre-hijo, y señor-esclavo.

Así, sostiene que «el esclavo está absolutamente privado de voluntad; la mujer la tiene, pero subordinada; y el niño solo la tiene incompleta». En el anteúltimo párrafo, sostiene Aristóteles que el niño (y la mujer) debe prepararse para la vida política, y ser educado para tal fin, pues «(...) los hijos serán algún día los miembros del Estado».


Hasta aquí, el Libro I. Veremos cómo avanza el Libro II.




[1] Y es que un hombre siempre se pertenece a sí mismo, y es imposible que una persona pueda decir que su cuerpo no le pertenece, pues esto sería una contradicción consigo mismo. De la misma forma que uno no puede decir "estoy muerto", sin contradecirse, lo mismo ocurre cuando uno argumenta que "mi cuerpo no me pertenece". Nadie puede no poseerse a sí mismo, lo que deja a la esclavitud no como una propiedad sobre otra persona, sino como la violencia o la amenaza de violencia sobre la propiedad (esencialmente, el cuerpo) de otra persona, estableciéndole límites coactivos sobre los que pueda disponer su plan de vida.

[2] La ventaja de la incorporación de la moneda con respecto al trueque es más que evidente, como resolución de la llamada doble coincidencia de necesidades, como facilitadora de la división de trabajo y como medida para el cálculo económico racional, entre otras no menos importantes.

[3] Esta confusión se debe a que el interés se paga, generalmente, en dinero. Pero lo cierto es que el interés es, en un sentido amplio, el precio del tiempo, y no el precio del dinero. El interés surge conceptualmente de la preferencia temporal, del intercambio de bienes presentes y bienes futuros: tú me prestas 1000 pesos hoy, a cambio de que yo te devuelva 1100 mañana. Pero es que 1000 pesos hoy no equivalen a 1000 pesos mañana. Es evidente que, céteris paribus, preferimos los 1000 pesos hoy; es decir, a igualdad de circunstancias, tienen más valor los bienes presentes que los bienes futuros, de lo que se concluye que para preferir los bienes futuros sobre los presentes, aquellos deben presentar un valor adicional, valor que se manifiesta por costumbre y uso como una diferencia porcentual: el interés. Nótese que puede ser dinero, manzanas, libros, televisores, etc., los bienes por los que se realiza el intercambio temporal, pero claro está que el dinero (oro, en su defecto), como unidad universal, facilita enormemente el intercambio (y el intertemporal también). De allí que se confunda la naturaleza temporal del interés, con el dinero, como hace Aristóteles aquí, y más importante, Keynes más adelante con otros múltiples errores.

[4] Esta concepción de monopolio no corresponde a lo que ahora conocemos como tal: la falta de libertad de entrada a la competencia. Es decir, si bien es cierto que un panorama como el que plantea Aristóteles es sin dudas problemático, no menos cierto es que es muy difícil, por no decir casi imposible, que determinado panorama sea real; a su vez, la competencia no es estática sino dinámica, por lo que de ocurrir semejante situación, el monopolista no podría subir sus precios más allá de cierto margen, no solo por temor a un boicot social, sino porque cientos o miles de emprendedores estarán atentos a suministrar esos mismos bienes o sustitutos, de forma más barata, para robarle el mercado. También es cierto que a medida que compre los terrenos para adquirirlos, la utilidad marginal de aquellos que no ha adquirido es cada vez mayor, al ser más paulatinamente más escasos, por lo que cada vez necesitaría aumentar aun más el dinero erogado para comprarlos, haciendo en última instancia esto casi imposible.